Qué tiempo este de vendedores de humo. Cuando eran charlatanes callejeros la cosa tenía su gracia, valía la pena detenerse unos minutos a escucharlos. Te vendían en un frasco el elixir de la inmortalidad por cuatro perras y se iban con la música a otra parte. Ahora se llaman a sí mismos, sin pudor, guías espirituales, sanadores, maestros (¡maestros!), terapeutas del alma. E instalan sus consultas en todas partes. Sólo piden por sus servicios (sonríen al decirlo), la voluntad, cuando lo cierto es que el meollo del negocio consiste en apropiársela.