En las noches de insomnio me tropiezo a menudo con mi propia sombra. Eso bastaba, las primeras veces, para que el suplicio se prolongara hasta el alba. Quizá descubrí en esas horas interminables la puerta secreta de algún misterio que me van a permitir que no desvele. Aprendí, desde luego, la extraña virtud de la paciencia. Hace tiempo que las noches en que no es fácil conciliar el sueño son innumerables, pero ya no me enfado cuando llegan. Cómo olvidar aquella en que mi sombra se interpuso en la trayectoria de la bala para salvarme la vida. Se lo agradezco, por supuesto, y la comprendo: ¿quién iba a ser sin mí, mi pobre sombra?