QUÉ será de este lápiz, Igor Barreto, con el que escribo después de leer tu poema sobre el lápiz. Yo también tengo un ramillete de lápices al alcance de la mano, los veo menguar con lentitud, como los días que ahora pasan, en apariencia, sin dejar rastro. Y me alegra la tarde estar de acuerdo: podría decirnos tanto cada uno de ellos. Se van haciendo más pequeños, alguno se pierde por ahí, bajo las patas del sofá o condenado al ostracismo en el fondo de una bolsa de viaje, pero nada los dobla. Puede uno quebrarlos en un arranque de ira, pero no agachan la cabeza, su orgullo permanece intacto. Acuden luego al mordisco del sacapuntas, divididos, y cambian tal vez de domicilio: del bote negro de los nuevos a la cajita de latón de los que casi han completado su camino, donde meditan si todavía tienen algo que contar. Tienes razón: su vida puede compararse con la vida de un hombre.