Sin el afán de conocimiento y sin el arte que el hombre también es capaz de crear (incluso en las peores condiciones, como lo ha hecho a lo largo de la historia a pesar de la abrumadora capacidad de destrucción que nos distingue como especie), el optimismo sería imposible. Quizá por eso el hombre común valora tanto las manifestaciones más sencillas de la belleza, que tienen además la gracia de suceder a diario.