miércoles, 15 de marzo de 2017

La llegada masiva de inmigrantes viene a hacer añicos la buena conciencia de los ciudadanos de este primer mundo que considera su bienestar y su privilegio como derechos adquiridos. Absortos en el cultivo de las buenas formas, acostumbrados a exigir a los demás certificado de buena conducta y concederles, magnánimos, el pedigrí de civilizados al que tantas veces no tenemos derecho, habíamos llegado a creer que vivíamos en el mejor de los mundos, que éramos tolerantes, cultos, refinados y justos. Mejores. Casi perfectos. Pero ya están aquí. Miles, cientos de miles. Y aflora por todas partes el veneno que dormía dentro de nosotros, la prepotencia, el desprecio a lo distinto y el miedo irracional. Queremos que construyan nuestras casas, atiendan a nuestros ancianos, eduquen a nuestros niños, recojan nuestra basura, y exigimos que lo hagan sin levantar la voz y por salarios menguados que no aceptaríamos ni como limosna. Sigue habiendo dos mundos. Por desgracia, me temo, irreconciliables. Los que lo tienen todo y los que llaman, desesperados, a la puerta. Como pidiendo perdón.

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