El
poema se transforma cada vez en la mirada del lector. Lo mismo que el paisaje.
miércoles, 30 de noviembre de 2016
martes, 29 de noviembre de 2016
lunes, 28 de noviembre de 2016
domingo, 27 de noviembre de 2016
sábado, 26 de noviembre de 2016
viernes, 25 de noviembre de 2016
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Cultiva
con paciencia la rebeldía del corazón, tenlo dispuesto siempre a
llegar al borde del abismo, testarudo y atento a las voces de la
vida, empeñado en defender, contra viento y marea, que la alegría
se construye cada mañana despacio, con las manos hundidas en el
barro, aunque el espantajo del miedo haga sus cabriolas en la cuerda
floja y se empecine en seducirnos.
lunes, 21 de noviembre de 2016
domingo, 20 de noviembre de 2016
sábado, 19 de noviembre de 2016
viernes, 18 de noviembre de 2016
martes, 15 de noviembre de 2016
lunes, 14 de noviembre de 2016
sábado, 12 de noviembre de 2016
viernes, 11 de noviembre de 2016
miércoles, 9 de noviembre de 2016
martes, 8 de noviembre de 2016
domingo, 6 de noviembre de 2016
sábado, 5 de noviembre de 2016
viernes, 4 de noviembre de 2016
jueves, 3 de noviembre de 2016
Las
palabras. Reaparecen
inesperadamente en el umbral, seguramente magulladas por el
larguísimo exilio a que el hombre las somete. Adverbios cansados,
preposiciones mustias, adjetivos que padecen la corrupción de la
doble moral, pronombres huérfanos, verbos proclives a la
clandestinidad, interjecciones que por un instante se parecen al alma
y sustantivos abrumados por la muerte. Muchas han caído en las
garras del caos, son hijas de su tiempo y se enmascaran en la niebla.
Las peores se inflan como pavos reales, resplandecen un instante y
desbaratan el milagro del lenguaje, enturbian el agua pura de ese río
sin fin. Renuncian a su estirpe. Las más leves son descendientes del
recogimiento o del asombro: palabras de un color indeciso, algo así
como aromas en el atardecer, semillas tímidas que de súbito
florecen en las manos de un niño. Hay palabras –caricia, espalda,
piel, pongo por caso– que ronronean, quizá porque no existen sin
un cuerpo que gima, y palabras que sudan, se estremecen, bostezan o
se arrugan. Las hay eternamente insomnes y por eso están flacas.
Internas y nocturnas como algunas miradas. Palabras piedra, palabras
algodón, palabras agua que alivian el dolor de las heridas. Las que
más me consuelan son humildes, han sabido eludir el ridículo
disfraz de la mentira, acuden siempre cuando mis manos tiemblan y
canturrean a mi lado para ahuyentar a los fantasmas. Sólo se marchan
al amanecer, cuando el espanto se diluye. Se juntan como estuco en
los peores días del invierno. Me gustan en especial las más
pequeñas, esos guijarros del tamaño de una perla en el bolsillo,
donde las he acariciado cada día desde que ando a tientas por el
mundo. Se entrechocan y suenan igual que las canicas. Serán una
docena: las cuentas de un collar de sencilla belleza. Otras, sin
embargo, se embadurnan de cosméticos la cara para salir a la puerta
de la calle. Acomodaticias y algo frívolas, se pirrian por salir en
los papeles, se envuelven en las triviales sedas de la presunción y
el disimulo, se entregan a cualquiera por unos minutos de notoriedad
o de brillo. Luego está, por ventura, el murmullo subterráneo
debajo de la piel, esas palabras que andan desnudas por la vida, con
la cara lavada y cada letra en su lugar, prometedoras y dulces como
el amanecer de cada día. Esas pocas palabras por las que vale la
pena perseverar en el empeño.
miércoles, 2 de noviembre de 2016
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