El
tanque de gasolina se vacía de pronto. Me cuesta mover las cuatro
estacas de hueso que sostienen mi cuerpo. Me pesa como una losa. Una
pompa de aire se infla hasta poner a punto de reventar las
circunvoluciones del cerebro. No sé bien qué camino debería tomar:
a) diez días de vacaciones junto al mar sin aceptar la más mínima
discusión, comer bien, dar interminables paseos entre pinos
cambiando de mano de vez en cuando el bastón de mi padre, sentarme a
contemplar las nubes, acostarme pronto, leer cosas ligeras, no llevar
lápiz ni papel –esto último, imprescindible–; b) una cura de
sueño en un sanatorio de las montañas; c) un cambio de identidad:
levantarme, digamos, cazador de serpientes en Birmania (¿hay
serpientes en Birmania?); d) aceptar mis limitaciones y suspender por
un tiempo el trabajo. Lo que seguramente haré será: e) pedalear,
pedalear, pedalear como un ciclista veterano hasta caer rendido en la
meta, cuando el resto hace ya más de una hora que ha llegado y los
periodistas escriben su crónica, calentitos, en la cafetería del
hotel.
martes, 30 de junio de 2015
lunes, 29 de junio de 2015
domingo, 28 de junio de 2015
sábado, 27 de junio de 2015
Faro.
Abro con cautela −quién sabe si excesiva− la puerta de mi casa.
Bebo agua con ansia, cierro los ojos, me descalzo. Sólo entonces
escucho la voz de la vida, que no se ha dejado atrapar en las redes
de la oscuridad, y busco entre sus páginas la última palabra. O la
primera. La que dejé encendida hace unas horas en medio de la noche
para no extraviarme.
viernes, 26 de junio de 2015
jueves, 25 de junio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
martes, 23 de junio de 2015
lunes, 22 de junio de 2015
Cuida tus ambiciones, pueden
llegar a envenenarte. La acumulación de riqueza, el poder sobre los
otros, la persecución del éxito a cualquier precio, acaban teniendo
consecuencias: la corrupción, la esclavitud y, en el mejor de los
casos, la soledad. La mala soledad. Porque hay una soledad
beneficiosa, la que persigue la sabiduría, la que forcejea en lo más
íntimo de nosotros por entender el mundo, ese misterioso bucle entre
el afán creativo y el atávico anhelo de destrucción en que
consiste la historia de la humanidad.
sábado, 20 de junio de 2015
viernes, 19 de junio de 2015
miércoles, 17 de junio de 2015
Mi
espíritu es volátil como uno de esos insectos que se golpean,
ebrios, contra las bombillas del techo como si buscaran el origen
mismo de la luz. Nació poco dispuesto para el disfrute de la
grandeza: se le atragantan las majestuosas catedrales (prefiere
recluirse en el frescor humilde de las pequeñas ermitas de las
aldeas), le cansan las grandes sinfonías (apetece más a menudo el
bocado breve de una sonata para violín o los Impromptus de
Schubert), le intimidan los cerrados sistemas filosóficos, el
pensamiento puro (es más proclive a la obra fragmentaria de
pensadores “poéticos”, que van al grano, a veces con apuntes de
cuatro líneas que lo desvelan todo). Es anárquico y variable.
Curioso más que ávido. Perseguidor, más que del paisaje cegador de
una verdad definitiva, de un lugar cálido donde reconocer el latido
de los enigmas invisibles que nos rodean, una franja de luz en el
suelo de la habitación, el trabajo tenaz de una arañita en su
rincón, el soplo leve de unas palabras a media voz para avivar el
fuego de la vida.
martes, 16 de junio de 2015
lunes, 15 de junio de 2015
domingo, 14 de junio de 2015
viernes, 12 de junio de 2015
El
“artista” tiene a mano múltiples instrumentos que le dan la
posibilidad de sortear el peligro, engañándose a sí mismo si hace
falta. El hombre común, frente al descalabro, ni siquiera tiene la
capacidad de entretenerse con interpretaciones que de alguna manera
lo mitigan. Sólo dispone de su coraje íntimo, su dignidad, su
resistencia y, como todos, de la misteriosa alianza del tiempo.
miércoles, 10 de junio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
lunes, 8 de junio de 2015
sábado, 6 de junio de 2015
viernes, 5 de junio de 2015
jueves, 4 de junio de 2015
miércoles, 3 de junio de 2015
lunes, 1 de junio de 2015
Nos
hace tambalearnos la conciencia (casi siempre nos pilla
desprevenidos) de que todo puede desaparecer en este momento:
el calor en la mirada de quien nos habla, el último velo de un
recuerdo, un edificio que parecía sólido, las ganas de vivir.
Aprecia el valor de cada una de esas cosas con el entusiasmo y la
inocencia de un niño.
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