sábado, 14 de febrero de 2015


El sueño es el lugar de la fertilidad. Entran y salen los personajes sin necesidad de pasar por el filtro de la aceptación social, tan exigente en la vigilia como inservible en ese territorio sin límites que se levanta en los sueños. Los mudos hablan, los árboles se trasladan de un lado a otro con agilidad para estar cómodos, los muertos beben cerveza y relatan sus recuerdos con un aspecto saludable de jubilados contentos de librarse de toda responsabilidad. Los crímenes, que también se producen, no son irreversibles: la víctima puede tranquilamente reaparecer en un salón de baile con un pañuelo de seda alrededor del cuello, sin un solo síntoma de convalecencia ni cicatrices visibles. Los rencores, por el contrario, se volatilizan en un abrir y cerrar de ojos. El frío y el calor no siempre tienen los efectos que conocemos: yo he nadado en un mar helado con una sensación maravillosa de placer, he tiritado bajo un sol de 40º. La enfermedad se cura sin necesidad de tratamientos especiales, cuando conviene al soñador. Una cosa me gusta especialmente: la familiaridad con la que se tratan gentes que han vivido en épocas distintas, lo bien que se entienden varios interlocutores que desconocen por completo las diferentes lenguas en que se expresan. Lo que más me sorprende, sin embargo, no es que los animales merienden o interpreten con delicadeza un cuarteto de Schubert (ya lo hacían en los cuentos infantiles), la escasa importancia del dinero o la vitalidad de que hacen gala los muertos, sino la presencia casi constante de gente desconocida que sabe cosas increíbles de nuestro pasado.

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