Qué extrañeza me deja, cada vez más a menudo, la manera habitual con que lo decimos: esta es mi casa. Creo que sería mucho más preciso decir (si es que ha llegado a aceptarnos): soy de mi casa. Por qué si no volver a ella una y otra vez como lo hacemos siempre, seguros de su calidez, sin que nos importe demasiado su tamaño o sus carencias, su luminosidad o su penumbra.