Cuando la vida se pone del color de la ceniza, cierro los ojos y estoy de nuevo en las escaleras de la huerta, entre los helechos crecidos, bajo el vientre luminoso e hinchado de la parra, con las manos pringadas de aquel granate mágico de las ciruelas esparcidas por el suelo que parecían haber caído del cielo más que de los árboles. En ese momento, despacio, casi siempre llueve, y yo me rindo feliz, ya sin temores, al aroma inconfundible que parece también llover desde las ramas del inmenso naranjo que invadía el camino.