miércoles, 17 de junio de 2015

Mi espíritu es volátil como uno de esos insectos que se golpean, ebrios, contra las bombillas del techo como si buscaran el origen mismo de la luz. Nació poco dispuesto para el disfrute de la grandeza: se le atragantan las majestuosas catedrales (prefiere recluirse en el frescor humilde de las pequeñas ermitas de las aldeas), le cansan las grandes sinfonías (apetece más a menudo el bocado breve de una sonata para violín o los Impromptus de Schubert), le intimidan los cerrados sistemas filosóficos, el pensamiento puro (es más proclive a la obra fragmentaria de pensadores “poéticos”, que van al grano, a veces con apuntes de cuatro líneas que lo desvelan todo). Es anárquico y variable. Curioso más que ávido. Perseguidor, más que del paisaje cegador de una verdad definitiva, de un lugar cálido donde reconocer el latido de los enigmas invisibles que nos rodean, una franja de luz en el suelo de la habitación, el trabajo tenaz de una arañita en su rincón, el soplo leve de unas palabras a media voz para avivar el fuego de la vida.

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