jueves, 30 de abril de 2015

Inventario. La mano que se atreva a explorar el bolso que ellas acarrean, como si tal cosa, a todas partes, tropezará, antes o después, con dos o tres capuchas de bolígrafo, un paquete de alcayatas, un mechero con una inscripción indescifrable, cartas de amor casi ilegibles, un llavero en forma de pájaro tropical, botones de varios tamaños, el aroma del mar, un estuche para la manicura, fotografías absortas en el tiempo, las iniciales en carne viva de un pañuelo, las canicas de un sobrino, la tapadera de una trampa, algunas monedas del último viaje a Portugal, el envoltorio de un caramelo, un búho de oro en miniatura, una libreta llena de secretos, la música de un fado atrapada en un pespunte, el cerco de una lágrima, una cajita de nácar sin sortija, el rastro de un silencio que ha cumplido diez años, el relincho de un caballo entre la niebla, un sello de correos, una entrada de cine de la fila trece, el verso más triste de Rainer María Rilke, un carrete de hilo, un frasco diminuto de perfume, briznas de tabaco, azucarillos, la canción desesperada, un abanico con las varillas sueltas, el plano casi ilegible del tesoro, el nombre de un paraje desconocido, la luz del faro, el cascabel que nadie se atrevió a ponerle al gato, lápiz de ojos, la dirección de una peluquería en el Barrio Sur de Montevideo, una lima de cartón, un sueño.

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