sábado, 18 de abril de 2015

El paisaje determina alguno de los rasgos que conforman nuestro temperamento. No sólo el que más a menudo nos rodea, también el que un día perdimos. No somos la misma persona cuando llueve que cuando la brisa acaricia los cuerpos tendidos en la arena o cuando el sol resalta la luz que dormía acobardada en los rincones. No me cuesta creer que también el paisaje nos recuerda: un puerto solitario entre la niebla, el portalón desvencijado de una casa, una calle mal iluminada en el barrio más pobre de una ciudad cansada, el verdín en el muro de piedra de un convento, el acero herrumbroso de una fábrica cerrada, un río debajo del balcón donde nos asomamos una tarde, un bosque, la claridad hiriente de un desierto, el caño de una fuente. En los campesinos es notorio, como en los hijos de la mar: lo llevan en la cara.

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