Volver
a la Estación del Norte para embarcarse en el tren expreso es
imposible, pero no su recuerdo. El hollín de los túneles impregna
todavía la frente despejada de los niños y resuena en las venas,
con la tenacidad sin trampa de los sueños, el traqueteo que
anunciaba la libertad y no cesaba hasta llegar al mar de la alegría,
que nos lanzaba sus olas como un padre los brazos al volver del
colegio. Creo que todos seguimos contemplando, en el silencio de la
noche, cuando cerramos los ojos, ese paisaje, seguros de que siempre
nos concede el feliz armisticio del regreso.