Si
vivimos con los ojos bien abiertos y miramos de frente la verdad de
las cosas, podemos llegar a entender sin dramatismos la muerte de lo
que nos rodea y a reconocer la propia como algo natural. Sólo la
muerte de los niños nos desarma, sólo ante ese escándalo el alma
se rebela sin admitir la componenda de las explicaciones.