Qué libres, a veces, las palabras. Cualquier mañana, sin venir a cuento, se echan a volar, se ocultan y bailan en las olas como pañuelos a la deriva hasta que se pierden en el horizonte. Entonces se queda uno como huérfano y no sabe en qué silencios calentar el corazón, dónde mirar, qué hacer con la intemperie de las manos. A veces tardan en volver, desde luego algo cambiadas, con algunas señales y casi cicatrices de todo lo vivido en el viaje, pero reconocibles. Hay que darles cobijo durante un tiempo hasta que por sí mismas recuperan las ganas de jugar, su inextricable encaje de bolillos, su íntimo juego de titanes disputándose el espacio ―hoy por ti, mañana por mí―, su milagrosa capacidad de combinarse hasta dar con el prodigio que nos abre siempre una sonrisa de asombro que acaba por dejarnos con la boca abierta.