Hay
otra idea
repugnante que se acepta sin pestañear: la inevitabilidad de la
destrucción en aras del bien común, el avance de la civilización,
la continuidad inexorable del progreso, bla, bla, bla; es necesario
sacrificar una parte para salvaguardar el todo, extirpar el tumor
para que la vida continúe, toda esa retórica del cesto y la manzana
podrida. Claro que es duro –ponen cara de lamentarlo mucho al
decirlo–, pero la historia demuestra que a veces es inevitable que
algunos mueran para que la mayoría viva mejor. Lo que se callan es
que esos algunos son siempre
los hijos de otros.