viernes, 15 de septiembre de 2017

Divagación del incrédulo. Los que andamos sin Dios por la vereda, los que nunca esperamos saborear las mieles del cielo más allá de esta vida, ¿en qué nos apoyamos para dar rienda suelta a sueños de durabilidad más que dudosa?, ¿qué luz nos guía hacia la nada que aceptamos sin renunciar a la alegría?, ¿qué significa nuestro empeño en hacer las cosas lo mejor posible, evitar el daño, regalar nuestro tiempo, poner un orden mínimo en la casa que habitamos, amar en serio, tener hijos? ¿Por qué elegimos la luz frente a la sombra si sabemos que la sombra, aburrida, como si bostezara, no necesita brillar para imponerse? Esa palabra, Dios, que nada nos explica, que sólo es el boceto inacabado de un poema cuya autoría compartimos todos, una quimera, una creación frente al pánico de aceptar el absurdo de la existencia, un monosílabo rotundo o un escudo frente al hecho también limpio de la muerte, ¿qué nos dice a los incrédulos, a los callados, a los tibios? Si no es nada, si carece de valor para nosotros, por qué la rehuimos, ¡Dios!, por qué nos cuesta tanto pronunciarla.