Divagación
del incrédulo.
Los que andamos sin Dios por la vereda, los que nunca esperamos
saborear las mieles del cielo más allá de esta vida, ¿en qué nos
apoyamos para dar rienda suelta a sueños de durabilidad más que
dudosa?, ¿qué luz nos guía hacia la nada que aceptamos sin
renunciar a la alegría?, ¿qué significa nuestro empeño en hacer
las cosas lo mejor posible, evitar el daño, regalar nuestro tiempo,
poner un orden mínimo en la casa que habitamos, amar en serio, tener
hijos? ¿Por qué elegimos la luz frente a la sombra si sabemos que
la sombra, aburrida, como si bostezara, no necesita brillar para
imponerse? Esa palabra, Dios, que nada nos explica, que sólo es el
boceto inacabado de un poema cuya autoría compartimos todos, una
quimera, una creación frente al pánico de aceptar el absurdo de la
existencia, un monosílabo rotundo o un escudo frente al hecho
también limpio de la muerte, ¿qué nos dice a los incrédulos, a
los callados, a los tibios? Si no es nada, si carece de valor para
nosotros, por qué la rehuimos, ¡Dios!, por qué nos cuesta tanto
pronunciarla.