miércoles, 6 de septiembre de 2017

En la profundidad de la noche, cuando más cerca estamos de tocar con la yema de los dedos la placenta de la que nace la belleza que nos desvela, cuando ya nada nos impide reconocerla, la plenitud y la desolación juegan por fin con las mismas armas. Podemos abrazar la luz o sucumbir a la oscuridad. Vivir es el esfuerzo continuo por mantener el equilibrio en esa línea tan invisible como frágil.