En
la profundidad de la noche, cuando más cerca estamos de tocar con la
yema de los dedos la placenta de la que nace la belleza que nos
desvela, cuando ya nada nos impide reconocerla, la plenitud y la
desolación juegan por fin con las mismas armas. Podemos abrazar la
luz o sucumbir a la oscuridad. Vivir es el esfuerzo continuo por
mantener el equilibrio en esa línea tan invisible como frágil.