lunes, 18 de septiembre de 2017

Nada me conmueve tanto como la infancia. Los niños, en su obligada dependencia, son libres. Se emocionan, se asombran, aprenden, se asustan, sufren con autenticidad. No hay trampa ni simulación. Se recuperan como plantas. La actitud de los adultos no tarda en corromperlos, convierte su ternura y su pureza en el aprendizaje obsesivo de una estrategia para "defenderse" en la vida. El resultado está a la vista.