Nada
me conmueve tanto como la infancia. Los niños, en su obligada
dependencia, son libres. Se emocionan, se asombran, aprenden, se
asustan, sufren con autenticidad. No hay trampa ni simulación. Se
recuperan como plantas. La actitud de los adultos no tarda en
corromperlos, convierte su ternura y su pureza en el aprendizaje
obsesivo de una estrategia para "defenderse" en la vida. El
resultado está a la vista.