jueves, 7 de septiembre de 2017

Casi no pasa un día sin que deba entrar en diálogo conmigo mismo. A menudo se apunta al baile algún otro huésped interior y la conversación se complica (a veces, es verdad, la desatasca). Lo peor es la borrasca que se desata cuando se unen algunos de los que apenas sé nada: somos demasiados y no hay forma humana de entenderse. Entonces (me parece que soy yo) me recluyo en el silencio hasta que escampa.