Casi
no pasa un día sin que deba entrar en diálogo conmigo mismo. A
menudo se apunta al baile algún otro huésped
interior y la conversación se complica (a veces, es verdad, la
desatasca). Lo peor es la borrasca que se desata cuando se unen
algunos de los que apenas sé nada: somos demasiados y no hay forma
humana de entenderse. Entonces (me parece que soy yo)
me recluyo en el silencio hasta que escampa.