Otra
vez el asombro ante las cosas que nunca se mueven del lugar que les
ha sido asignado. El corazón en el pecho, la montaña imperturbable
frente a la galería. ¿Qué percepción de la existencia puede tener
lo que está siempre en el mismo sitio? Ser, por ejemplo, aquella
roca desde la que nos lanzábamos al mar. Tener conciencia, entre el
vértigo y la bruma, de la inmortalidad de esa clase de existencia.