Que
nunca te abandone el niño que se escondía entre las rocas, aterido
de frío en medio de la tormenta, para escuchar lo que tenía que
decirle el mar, su bramido feroz, su poema inacabado. Que siga
contigo hasta el final en el río silencioso de la vida. Que no deje
de enseñarte a mirar como miraba entonces.