La
noche es la hora de la verdad. Las defensas camufladas que a duras
penas hemos conseguido levantar durante el día quedan al descubierto
y ya no sirven para protegernos. Quedamos a la intemperie, a solas
con nosotros mismos. El cerebro se esfuerza en la evocación de
lugares, situaciones y personas que tal vez en algún momento nos
hicieron felices, pero el fantasma del miedo se ríe a carcajadas,
asoma su cabezota bajo el edredón y destila su magma pestilente de
amenazas. Inconcretas y sutiles. En cascada. Cerramos los ojos y nos
disponemos, una vez más, a hacer la travesía.