Un
paseo. Un
paseante asiduo imaginó que su vida, por fin, sería diferente si
aquella madrugada optaba por una senda que había evitado cientos de
veces. Siempre le había parecido innecesariamente sinuosa. La
afrontó con un espíritu aventurero que desde
ningún punto de vista encaja en su temperamento. Quizá influyó
decisivamente la mala noche que había pasado, llena de presagios
algo difusos. Se perdió varias veces, resbaló en un talud y se
rasguñó la rodilla y el brazo derechos, sin consecuencias graves.
En algún momento llegó a sentir algo semejante al miedo, pero no
tardó en fijar en el horizonte las referencias visuales que lo
devolverían a casa sano y salvo. Su casa de toda la vida. Llegó
fatigado como una bestia de carga, con una flojera estimulante en las
extremidades inferiores y el corazón alegre. Todo ligereza. Hacía
mucho tiempo que no experimentaba esa sensación como de flotar en el
aire sin el menor esfuerzo. Entró saludando con una energía
desconocida, justo a tiempo de entender que ya no le esperaba nadie.
Nadie.