sábado, 20 de octubre de 2018

Un paseo. Un paseante asiduo imaginó que su vida, por fin, sería diferente si aquella madrugada optaba por una senda que había evitado cientos de veces. Siempre le había parecido innecesariamente sinuosa. La afrontó con un espíritu aventurero que desde ningún punto de vista encaja en su temperamento. Quizá influyó decisivamente la mala noche que había pasado, llena de presagios algo difusos. Se perdió varias veces, resbaló en un talud y se rasguñó la rodilla y el brazo derechos, sin consecuencias graves. En algún momento llegó a sentir algo semejante al miedo, pero no tardó en fijar en el horizonte las referencias visuales que lo devolverían a casa sano y salvo. Su casa de toda la vida. Llegó fatigado como una bestia de carga, con una flojera estimulante en las extremidades inferiores y el corazón alegre. Todo ligereza. Hacía mucho tiempo que no experimentaba esa sensación como de flotar en el aire sin el menor esfuerzo. Entró saludando con una energía desconocida, justo a tiempo de entender que ya no le esperaba nadie. Nadie.