La
duda.
La sensación rotunda de que alguien pronuncia tu nombre en medio de
la noche con urgencia, como si estuviera en peligro. Te echas por
encima de los hombros el jersey de lana y sales a recorrer las calles
vacías durante horas como un endemoniado. Pierdes el hilo, no eres
capaz de localizar la voz. Vuelves a casa derrotado y te la
encuentras, si era ella, silenciosa, sonriente, con cara de frío,
acurrucada en el portal. “Te esperaba –murmura–,
sentí que me llamabas”.