jueves, 11 de octubre de 2018

Qué mal se llevan a veces estos dos que me habitan. El materialista que se burla de los estremecimientos del otro, el loco enamorado de la belleza que tantas veces, al ver que se marchita (¡te lo dije!), se desilusiona. El tipo frío que nada espera de la vida y el que escarba en la tierra y riega cada semilla de la que aquella nace. El que prescinde, dice, de todo y el que todo lo celebra. El que busca la soledad y el que la defiende. El que mira a sus semejantes con indiferencia y el que se reconoce en sus gestos más humildes. El que reniega de la humanidad a la que pertenece y el que se sabe imperfecto, prescindible, uno más, y no renuncia. Qué mal se llevan, sí. Cómo se necesitan. Son los que dan la cara. Tras ellos, una multitud de seres de perfiles borrosos que no se manifiestan.