Qué
mal se llevan a veces estos dos que me habitan. El materialista
que se burla de los estremecimientos del otro, el loco enamorado de
la belleza que tantas veces, al ver que se marchita (¡te
lo dije!),
se desilusiona. El tipo frío que nada espera de la vida y el que
escarba en la tierra y riega cada semilla de la que aquella nace. El
que prescinde, dice, de todo y el que todo lo celebra. El que busca
la soledad y el que la defiende. El que mira a sus semejantes con
indiferencia y el que se reconoce en sus gestos más humildes. El que
reniega de la humanidad a la que pertenece y el que se sabe
imperfecto, prescindible, uno más, y no renuncia. Qué mal se
llevan, sí. Cómo se necesitan. Son los que dan la cara. Tras ellos,
una multitud de seres de perfiles borrosos que no se manifiestan.