jueves, 25 de enero de 2018

Aquella noche tampoco era posible conciliar el sueño. El mundo había cumplido, sin remordimiento, su antigua amenaza de descomponerse. Sólo consiguieron sobrevivir los planificadores del desastre, algún filósofo abstraído en sus asuntos y la gran mayoría de nosotros, los insomnes. Entonces escuché la nota del saxofón que se me había extraviado varias décadas atrás en la oscura calleja de una ciudad donde no recuerdo haber estado. Cuando todavía miraba con amor las macetas en los balcones y nadie se acordaba de mi nombre. Cuando la música alimentaba la sangre de mi corazón y me guiaba hacia una luz que albergaba bajo la piel, inmortal, la eclosión de la belleza.