Aquella
noche tampoco era posible conciliar el sueño. El mundo había
cumplido, sin remordimiento, su antigua amenaza de descomponerse.
Sólo consiguieron sobrevivir los planificadores del desastre, algún
filósofo abstraído en sus asuntos y la gran mayoría de nosotros,
los insomnes. Entonces escuché la nota del saxofón que se me había
extraviado varias décadas atrás en la oscura calleja de una ciudad
donde no recuerdo haber estado. Cuando todavía miraba con amor las
macetas en los balcones y nadie se acordaba de mi nombre. Cuando la
música alimentaba la sangre de mi corazón y me guiaba hacia una luz
que albergaba bajo la piel, inmortal, la eclosión de la belleza.