La
esencia de las conversaciones que tienen lugar en este tiempo, si es
que todavía se puede llamar así a la manera que tenemos de
comunicarnos, está en los gritos. Ni siquiera por debajo de las
voces, sino en el hecho mismo de gritar. Que representa,
literalmente, la explosión que generan las palabras cuando chocan
entre sí. No se habla para tender un puente que nos lleve hasta el
otro, sino para levantar una barricada. No para entenderlo, sino para
desarmarlo.