El
tiempo se detiene cuando paseas en soledad por la ciudad de piedra.
¿Se detiene o se expande, se crea, se eterniza? No sientes la
comezón de contestar a esas preguntas porque la muerte no existe en
la mañana soleada. Te conmueve el olor que estalla de pronto al
entrar en algunos establecimientos: cera vieja, madera, aceite de la
infancia. Escuchas la música inconsciente de los que hablan a tu
alrededor. Felizmente cansado, te sientas en una plaza con el suelo
todo de plata, junto a los soportales. El sol hiere tus ojos, o los
cura de la sombra. Te humedece el alma el sonido del agua que brota
muy leve de la fuente. Anotas unas palabras en tu cuaderno como si
crearas de la nada los signos con los que desentrañar el misterio.
Esperas con gratitud. Sonríes en paz. Sabes que volverás a
deambular entre las almas de la ciudad. Como uno más que tal vez haya encontrado su destino.