miércoles, 30 de enero de 2019

Gorrión. Se acostumbró a verlo todas las mañanas acicalándose con nerviosa coquetería en la verja de hierro del balcón que daba al río. Su primera actividad, mientras desayunaba, era asistir al espectáculo con una sonrisa y en silencio para no espantarlo y que la secuencia durara cuanto fuera posible. Cuando dejó de acudir (nunca estamos preparados para el abandono), no lo esperaba. Pasó por un breve periodo de desconsuelo que resolvió de golpe sin pensar demasiado en las consecuencias. Bajó todas las persianas, cerró con doble llave la puerta de la casa y se marchó al exilio. Todavía no han vuelto.