Gorrión.
Se acostumbró a verlo todas las mañanas acicalándose con nerviosa
coquetería en la verja de hierro del balcón que daba al río. Su
primera actividad, mientras desayunaba, era asistir al espectáculo
con una sonrisa y en silencio para no espantarlo y que la secuencia
durara cuanto fuera posible. Cuando dejó de acudir (nunca estamos
preparados para el abandono), no lo esperaba. Pasó por un breve
periodo de desconsuelo que resolvió de golpe sin pensar demasiado en
las consecuencias. Bajó todas las persianas, cerró con doble llave
la puerta de la casa y se marchó al exilio. Todavía no han vuelto.