Cuando
mi sola compañía resulta insuficiente, salgo a mezclarme con la
multitud hasta que encuentro dos o tres rostros en los que recupero
una pequeña parte de mí que se había como desvanecido. Se trata de
matices casi imperceptibles, gestos fugaces, hilachas que debo
rehacer a base de pespuntes. Los miro intensamente y vuelvo a casa
con el alma casi completa.