Lo
peor del optimismo sin fisuras de que algunos hacen gala no es el
dogmatismo irracional en que se basa, sino su afán insufrible de
endilgárselo, como si fuera un virus, a todo el mundo. Hay que
decírselo, aunque sea muy bajito: disfruta de la vida cuanto puedas,
no te pierdas una fiesta, sigue tu camino y, sobre todo, te lo ruego,
déjame en paz. De los pesimistas irredentos ya se libra uno solo.