Escribir
es un acto furtivo. Se percibe sobre todo en la actitud del
cuerpo, que se encorva sobre el papel como hacíamos cuando éramos
niños para ocultar a los otros lo que hacíamos. Son necesarios el
silencio y la soledad. Nos volcamos en el oscuro mar de las palabras,
inabarcable en sí mismo, como si aspiráramos al desvelamiento de un
secreto que nos perteneciera en exclusiva. Hasta que nos damos cuenta
de que sólo brilla de verdad cuando lo leen otros. Escribimos
alejados de la playa para acercarnos a ella.