lunes, 30 de abril de 2018

Ningún vendaval, ninguna borrasca de las que me han levantado del suelo como si fuera, yo también, una hoja caída (¿quién no lo es algunas veces en la vida?), ha conseguido arrancarme la mirada de pura felicidad infantil con la que celebré la belleza que entraba cada mañana dentro de mí. Ahí seguirá cuando yo falte, ahora sé que la belleza se nutre de todas las miradas que congrega. Como nosotros recolectábamos las moras para hacer la mermelada.