Ningún
vendaval, ninguna borrasca de las que me han levantado del suelo como
si fuera, yo también, una hoja caída (¿quién no lo es algunas
veces en la vida?), ha conseguido arrancarme la mirada de pura
felicidad infantil con la que celebré la belleza que entraba cada
mañana dentro de mí. Ahí seguirá cuando yo falte, ahora sé que
la belleza se nutre de todas las miradas que congrega. Como nosotros
recolectábamos las moras para hacer la mermelada.