Las
palabras, como nosotros, se fatigan, se desfiguran, se deshacen en la
nada. La tarea del poeta es vencer el desconcierto, adentrarse en la
oscuridad para recuperar los fragmentos uno a uno. Arrancarlas del
vacío, traerlas a la vida como si fueran nuevas cada vez,
reconstruirlas con esmero y con paciencia para evitar que se nos
desmoronen entre las manos, que se las lleve un viento loco, que se
esfumen para siempre. Aunque no lo consiga.