Sala
de oncología.
Todavía me conmueve hasta la médula, años después, la sonrisa de
aquella mujer conectada al gotero que bombardea su organismo mientras
escucha de mi boca sus poemas preferidos, el hombre de mediana edad
concentrado en la lectura de su libro sobre el holocausto, la
eficacia sutil de las enfermeras, la mirada profunda de una niña
silenciosa con un peluche entre las manos y una expresión dulcísima
y sin queja, las conversaciones en voz baja, los silencios, esa otra
mujer sin edad que va y viene con insólita elegancia por el largo
pasillo (el pañuelo de colores embellece su cabeza egipcia), la
valiente naturalidad con la que unos y otros libran la batalla.