Entre unos y otros convierten en ceniza la palabra patria. Por eso uno se refugia en esos otros universos de los que nada ni nadie puede excluirnos, en los que no hay enemigos, en los que los extraños dejan de serlo en cuanto cruzan el umbral: el barrio donde jugábamos de niños, el pueblo al que se vuelve en sueños cada día, la vieja casa familiar que seguiremos habitando hasta el final de los tiempos.