ME he sentado a escribir con la conciencia de que es imposible llegar al corazón de la vida. Esta vez no he tenido miedo, sólo un vértigo gozoso. Basta sentir, fugaz, como un relámpago, el roce de una mano tendida, la resonancia íntima de una verdad que no se puede pronunciar, la premonición de una belleza que no necesita concretarse. Anterior a sí misma, sin límites visibles. La noche me sorprende con las manos vacías y la tarea felizmente cumplida.