Una
vez abolida (legalmente) la esclavitud, ¿por qué tantos seres
humanos se empecinan en reproducirla a través de toda clase de
disfraces? Todo el mundo sabe que, en rigor, sólo es una cuestión
formal. Cambiarle el nombre a las cosas no elimina, como por arte de
magia, las consecuencias que acarrean. Hay todavía innumerables
formas de esclavitud enmascaradas bajo eufemismos de todo tipo. La
más visible es el consumismo compulsivo que se ha adueñado del
mundo; el delirio es de tal calibre que una gran mayoría considera
que ser libre es, precisamente y por encima de todo, poder comprar.
Lo que sea. Lo dicen, además, en serio. Lo creen de verdad.
Dejémoslo estar, ya que parece irreversible. Lo que me intriga es la
pregunta que intentaba hacerme al principio: ¿cómo es posible que a
los humanos les siga seduciendo la esclavitud? De sus trabajos, de
sus propiedades, de su tiempo, de sus temores, de sus fobias, de
otras personas, hasta de sí mismos. ¿Cómo es posible?