La
fuente.
Supongo que todo el mundo tiene sus pequeñas mitologías personales,
siempre relacionadas, como es lógico, con la antigüedad
de la infancia. Con más razón si ha transcurrido en algún lugar en
sí mismo rodeado del misterio que la niebla infunde a todo lo que
toca. Allí, entre la huerta y el mar, los “dioses”eran legión y
tengo para mí que nos tenían algo de envidia, por eso se
disfrazaban de humanos con tal de entrometerse como fuera en nuestros
juegos. El lugar de culto que ha perdurado en mi conciencia por
encima de los demás es la fuente. Supongo que no es gran cosa, pero
estaba allí cuando vinimos al mundo, como el horizonte, como el
camino del faro. Aunque nuevas construcciones la hayan ido
arrinconando, su belleza humilde, el frescor del agua, los cuatro
caños a los que nos encaramábamos para beber a morro y las docenas
de veces que bajamos la cuesta (¡hay que ir a por agua!) para llenar
la senlla,
aquella fuente sagrada permanece incólume en el lugar más
transparente de mi memoria. Y ahora, porque algunos milagros existen,
también en el salvapantallas de mi portátil.