martes, 6 de agosto de 2019

La fuente. Supongo que todo el mundo tiene sus pequeñas mitologías personales, siempre relacionadas, como es lógico, con la antigüedad de la infancia. Con más razón si ha transcurrido en algún lugar en sí mismo rodeado del misterio que la niebla infunde a todo lo que toca. Allí, entre la huerta y el mar, los “dioses”eran legión y tengo para mí que nos tenían algo de envidia, por eso se disfrazaban de humanos con tal de entrometerse como fuera en nuestros juegos. El lugar de culto que ha perdurado en mi conciencia por encima de los demás es la fuente. Supongo que no es gran cosa, pero estaba allí cuando vinimos al mundo, como el horizonte, como el camino del faro. Aunque nuevas construcciones la hayan ido arrinconando, su belleza humilde, el frescor del agua, los cuatro caños a los que nos encaramábamos para beber a morro y las docenas de veces que bajamos la cuesta (¡hay que ir a por agua!) para llenar la senlla, aquella fuente sagrada permanece incólume en el lugar más transparente de mi memoria. Y ahora, porque algunos milagros existen, también en el salvapantallas de mi portátil.