Soy
el niño que juega en la huerta con el rastro de los caracoles. Soy
el que espera a que aparezcan en la mesa de piedra, bajo la parra
hinchada. Nunca dejábamos madurar las uvas. Esa secuencia íntima
tantas veces repetida —el
sendero de tierra, la balaustrada de granito, el nogal de los
abrazos, la casa de las palomas y el aroma del naranjo—
nutre mi vida cotidiana. La lluvia era testigo.