Los
ruidos llegan amortiguados a la conciencia y apenas nos afectan,
quizá porque nos sentimos extraordinariamente cansados. ¿Hemos
perdido la curiosidad o es que de pronto estamos atentos a ese otro
murmullo interior que martillea allá dentro como un reguero de agua?
Tampoco las palabras nos sirven de mucho en momentos así, cuando nos
limitamos a escuchar porque sabemos que lo que está ocurriendo no
necesita ser dicho. Permanecemos a la espera. Hace tiempo que las
noches son demasiado largas. También eso lo aceptamos con
naturalidad. Descansar, solamente descansar. Con la primera luz, la
algarabía de los pájaros en el jardín de enfrente nos hace
sonreír. Ya estáis aquí, murmuramos. Nada ha cambiado. Nos
inclinamos ante el poema que nace, una vez más, abierto a todas las
posibilidades.