Tal
vez sea esa la palabra clave: desasimiento. Las almas que lo padecen
se reconocen allá donde se encuentran, sin necesidad de
explicaciones, con el temblor certero de una sola mirada. Permanecer
en la realidad año tras año, minuto a minuto, con esa sensación de
que la tierra se mueve bajo los pies o puede el cuerpo desarmarse en
cualquier momento y desaparecer como el agua por una alcantarilla.
Tampoco es fácil el esfuerzo de no someter a los demás, que de nada
son culpables, a afrontar el vértigo de ese abismo, a hacerse cargo
de esa inconsistencia. Bastante tiene cada uno con lo suyo. Pero hay
en esta manera de sentir el mundo una capacidad casi inhumana de
percepción de las cosas fundamentales, el dolor y la alegría. La
plenitud que de vez en cuando se alcanza es inenarrable. Quisiera uno
demorarse en eso, como también prefiere beber el acíbar con plena
conciencia, sin escurrir el bulto, porque también en el dolor late
la vida. Y nada aman esas almas más que la vida.