Aunque
parezca mentira, uno puede acostumbrarse a contemplar las cosas con
una mirada que no le pertenece, caminar con la sensación de haber
sido suplantado. Lo único propio que permanece es justamente esa
conciencia de la usurpación. Ese que acude, cada vez más
silencioso, a cumplir los compromisos del otro, lo hace ya con
naturalidad, de tal manera que desde fuera nadie percibe la
diferencia.