Los
seres humanos, en sus actos, sus silencios, sus errores, sus
empecinamientos y sus deserciones, se mueven por impulsos, responden
a motivaciones íntimas que ni ellos mismos conocen bien. Cada uno es
producto de azares que nadie está capacitado para juzgar. Las almas
conviven, a veces durante toda la vida, sin llegar a abrirse nunca
del todo. Se rozan, se penetran, se desarman, se consuelan, se
interponen, se deslumbran, a veces hacen varias de esas cosas al
unísono, pero siempre queda una zona en la oscuridad, un último
reducto impenetrable. Tenemos miedo de mostrar la nuestra y tampoco
nos atrevemos, llegados a cierto punto, a indagar en la ajena. Es
imposible traspasar esa frontera sin que algo se derrumbe. Y sin
embargo sospecho que vale la pena hacerlo. Por lo menos una vez en la
vida.