Nada me desarma tanto como la irrupción de la ira, casi siempre fuera de lugar: me sorprende en los demás, me aterra cuando me domina. Porque hay un momento en que el espíritu se debilita, sin que uno pueda encontrar una razón objetiva que lo justifique, y nos lleva de cabeza a un enfrentamiento del que empezamos a arrepentirnos en el mismo momento en que nace. No sé qué extraña necesidad rige este gusto deprimente y absurdo por la disputa que nos alcanza a todos como especie. La sensación que le queda a uno en el cuerpo es la de ser ese pedrusco desprendido que cae por la ladera rebotando en todas partes sin más sentido que el estruendo que genera.