martes, 11 de julio de 2023

 Le lleva a uno la vida entera descifrar las palabras que más importan, vivir en paz con ellas, entender lo que dicen. Utilizarlas como puentes. Pero conviene estar alerta: no es fácil desentrañar lo que significan para los demás. Está muy extendida la idea de que importan más los hechos que las palabras, como si no pudieran también los hechos ocultar las intenciones, desviar la atención o lisa y llanamente mentir sobre lo que en realidad está pasando. Es fácil adherirse, sin entrar en matices, a esa teoría. Los hechos son los hechos, se dice, lo que no deja de ser una simple tautología. Pero quizá no sea tan sencillo. Las palabras que hieren, por ejemplo, ¿no son hechos que tienen en ocasiones consecuencias reales, que se convierten a su vez en hechos? ¿Y las que no significan lo mismo para quien las emite que para quien las escucha? Acaso resida en esa divergencia el pequeño drama que se representa cada día en todas partes: la al parecer imposible armonía entre las palabras y los hechos. Si las palabras tocaran como las yemas de los dedos, que no mienten... Y el silencio, ¿no es un hecho, además de la más pura, tal vez, de las palabras?