viernes, 5 de febrero de 2021

Pongo la mano sobre la mano de hierro que usábamos cuando éramos niños para llamar (innecesariamente, estaba abierta siempre) a la puerta de una casa que se vino abajo hace años, y escucho, real, el crujido de las escaleras, la lluvia en el tejado, la voz de la abuela llamándome por mi nombre (ti que fas, badulaque) antes de asomar la cabeza en la cocina donde prepara la cena. Veo también la luz filtrándose en la galeria como un milagro cotidiano. No se trata de magia. Ocurre cada vez que cierro los ojos y rozo con los dedos los dedos de la aldaba.