Cuando
se nos va un ser querido —porque
es lo natural, según el dicho–,
la vida continúa. Así ha de ser, sin duda, pero una parte de
nosotros se queda atrapada en los últimas imágenes –la
voz, el silencio, la mirada, la sonrisa–
que conservamos de él. La vida sigue, sí, y siempre nos arrastra,
pero en lo sustancial la seguimos a un ritmo diferente. Porque ya no
vamos solos.